#143. La Rebelión Silenciosa

País A, 2031

El último cartel de "Se busca empleado" desapareció de la vidriera de Ferretería Rossi un martes de marzo. Don Alfredo lo descolgó él mismo, con la misma mano que había firmado el cheque por su tercer juicio laboral en cinco años.

No hubo discurso. No hubo protesta. Solo un viejo de 68 años mirando un local vacío donde antes trabajaban doce personas.

"¿Qué vas a hacer, viejo?", le preguntó su hijo Martín desde la pantalla.

"Lo que debí hacer hace diez años. Voy a trabajar solo."

2033

Martín Rossi no heredó la ferretería. Heredó la lección.

Cuando lanzó su empresa de logística, el abogado le mostró los números: contratar un empleado costaba más del doble de su sueldo neto. Pero el verdadero costo no estaba en la planilla. Estaba en la probabilidad.

"Uno de cada dos empleados te demanda al irse", le dijo. "El juicio promedio dura cuatro años."

Martín pensó en los robots de almacén que había visto en una feria en el País B. Costaban lo mismo que tres años de un empleado. No se enfermaban. No tenían abogados.

Pero también pensó en algo más: no tenían hijos que alimentar. No soñaban. No crecían.

Esa noche no durmió.

2036

El gobierno del País A notó que algo estaba cambiando.

Las empresas seguían facturando, pero el empleo formal no crecía. Las nuevas PyMEs nacían extrañamente pequeñas: un dueño, dos socios, cero empleados.

"Están evadiendo su responsabilidad social", declaró un funcionario.

Nadie preguntó por qué.

En el País B, un colega de Martín manejaba una empresa similar con cuarenta empleados. La tasa de juicios era veinte veces menor. Los costos laborales, la mitad. Cuando alguien renunciaba, simplemente renunciaba.

"No entiendo cómo hacen negocios allá", le dijo el colega. "Acá contratar es normal. Allá parece un deporte extremo."

2038

La Ley de Solidaridad Laboral del País A obligó a toda empresa con cierta facturación a contratar un mínimo de empleados.

Martín recibió la notificación un viernes.

El lunes, su empresa ya no existía en el País A.

No se fue con bombas ni manifiestos. Se fue con un formulario y un vuelo corto al país vecino.

"¿No te da pena?", le preguntó su esposa.

"Me da pena que me obliguen a elegir entre quebrar o irme."

Pero algo le quedó dando vueltas. ¿Y si había otra forma?

2041

El fenómeno tenía nombre: "La Rebelión Silenciosa".

No era un movimiento. Era la suma de miles de decisiones individuales, todas iguales: si contratar humanos es un riesgo existencial, no contrato humanos.

Pero no todos eligieron ese camino.

Algunos empresarios del País A empezaron a organizarse. No para protestar. Para proponer. Estudiaron qué hacía diferente al País B, al País C. Documentaron casos. Presentaron datos.

"No queremos menos derechos para los trabajadores", decían. "Queremos reglas que no conviertan cada contratación en una ruleta rusa."

2044

El cambio no vino de un héroe. Vino del agotamiento.

Después de años de ver empresas irse, jóvenes emigrar y robots reemplazar lo que antes hacían vecinos, algo se movió. No fue una revolución. Fue una conversación.

¿Qué pasaría si protegiéramos a los trabajadores y a los que les dan trabajo?

¿Qué pasaría si los conflictos se resolvieran rápido, antes de destruir a ambas partes?

¿Qué pasaría si contratar a alguien volviera a ser un acto de confianza mutua en lugar de un contrato con un potencial enemigo?

El País A, lentamente, empezó a hacerse esas preguntas.

2047

Lucía Rossi, nieta de Don Alfredo, cumplió 25 años.

A diferencia de lo que su padre temía, no lo hizo en el extranjero. Lo hizo inaugurando un pequeño local de logística sustentable en la misma cuadra donde alguna vez estuvo la ferretería de su abuelo.

Tenía cuatro empleados.

"¿No tenés miedo?", le preguntaron.

"Mis abuelos tenían miedo porque el sistema los castigaba por crecer. Hoy el sistema todavía no es perfecto, pero al menos permite intentarlo."

No era el paraíso. Pero era un comienzo.

2050

En el local de Lucía había un cuadro pequeño, casi escondido. Era una foto de Don Alfredo el día que abrió Ferretería Rossi, en 1962.

Abajo, una frase escrita a mano:

"Generando empleo desde 1962. Interrumpido entre 2031 y 2046. Retomado con esperanza."

Un cliente joven la leyó un día y preguntó qué significaba.

Lucía sonrió.

"Significa que hubo un tiempo en que mi familia tuvo que elegir entre dar trabajo y sobrevivir. Y significa que hoy, con esfuerzo, estamos aprendiendo a no obligar a nadie a esa elección."

La pregunta que finalmente hicimos

Durante años se debatió por qué no había empleo.

Se culpaba a la tecnología. Se culpaba a los empresarios. Se culpaba a la globalización.

Hasta que alguien hizo la pregunta correcta: ¿qué hicimos para que contratar personas se convirtiera en un acto de temeridad?

Y después vino la segunda pregunta, la importante: ¿qué podemos hacer para que vuelva a ser un acto de confianza?

Los robots no ganaron. No porque no pudieran. Sino porque, al final, suficientes personas decidieron que un país sin empleadores humanos no era un país donde querían vivir.

La Rebelión del Atlas imaginó un mundo donde los empresarios desaparecían.

La Rebelión Silenciosa casi lo logra.

Pero esta historia no termina con un colapso. Termina con una elección.

Estamos más cerca de 2050 que de 2000.

Lo que hagamos hoy determinará si la próxima generación hereda un sistema que los obliga a elegir entre irse o quedarse solos.

O uno donde dar trabajo vuelva a ser, simplemente, dar trabajo.


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